El general que terminó sepultado en Nogales tras una rebelión en 1927
El Panteón Nacional resguarda la historia de Alfonso de la Huerta Marcor, hermano del expresidente Adolfo de la Huerta, cuyo final estuvo marcado por los conflictos militares de la posrevolución
Entre las antiguas tumbas y los pasillos de tierra del Panteón Nacional, se encuentra oculto un episodio de la postrevolución que poco nogalenses conocen, no se trata de un ciudadano cualquiera, sino de un alto mando militar cuyo trágico final fue utilizado como escarmiento en las calles de esta frontera.
Es la historia del general Alfonso de la Huerta Marcor, hermano menor del expresidente Adolfo de la Huerta, y su vida fue marcada por el ascenso en el Ejercito del Noroeste y una posterior rebelión, el cual termino de forma violenta a principios de octubre de 1927, mientras se peleaba en la ciudad de Guaymas, dejando sus restos en Nogales.
Los registros históricos indican que, en aquel tiempo, el tenso clima bélico y político hizo que su cadáver fuera trasladado a esta ciudad fronteriza a bordo de una plataforma del ferrocarril, atado con cuerda gruesa para ser exhibido públicamente por las autoridades militares de la época.
Nacido en Guaymas en 1884, el militar se lanzó a la lucha armada en 1913 en el bando constitucionalista, su carrera tomó un giro importante, cuando se sublevó en Veracruz para respaldar el movimiento delahuertista contra Álvaro Obregon, lo que tras esa derrota lo forzó a huir hacia los Estados Unidos.
Su último intento por retomar las armas ocurrió en 1927 al regresar clandestinamente a Sonora junto a una partida de Yaquis, en coincidencia con los levantamientos de la región, por lo que fue en las cercanías de Ímuris, donde las tropas federales de Jesús M. Aguirre lo interceptaron y lo abatieron tras negarse a ser arrestado.
Si bien su dato final podría considerarse un poco especulativo, se dice que, al anochecer de el mismo día de su fallecimiento en octubre, su cuerpo fue sepultado por familiares, apoyados por un cura de una iglesia local, de manera rápida y con una breve ceremonia religiosa en el Panteón Nacional de esta frontera, sin ataúd y envuelto en sacos de lona, permaneciendo hasta donde hoy descansan sus restos, con una tumba elaborada años después de su sepultura.

