Donde la tierra habla: crónica de una jornada de búsqueda
Desde explanadas cubiertas de casquillos hasta represas y zonas montañosas, buscadoras recorren puntos críticos en Nogales, enfrentando condiciones adversas y la constante posibilidad del hallazgo
Tierra suelta, montículos de piedra, cenizas, agua con una capa de grasa en la superficie, aves carroñeras que giran en círculos y descienden en puntos específicos, insectos que se concentran donde algo altera el entorno y ciertos aromas son el mapa a seguir para las integrantes del colectivo Buscando Corazones en Nogales, Sonora.
El sábado comienza, como cada semana, en el estacionamiento del Sam’s Club. A las 9:00 de la mañana, las mujeres se registran una a una. Hay quienes buscan a un hijo, a un sobrino, a una pareja; otras acompañan sin tener un familiar desaparecido. También hay estudiantes de criminología que observan y aprenden. Frente a ellas, las unidades oficiales: Guardia Nacional, AMIC, Policía Estatal Preventiva, Policía Municipal, Protección Civil y personal de la Comisión Estatal de Búsqueda. No es una imagen ceremonial; es una estructura que permite entrar y salir de zonas donde, de otra forma, sería imposible.
Son 11 buscadoras y 14 elementos de seguridad. Antes de partir, la fotografía oficial de registro. A las 9:50, el convoy se pone en marcha. La ciudad queda atrás conforme avanzan por la carretera rumbo al sur y toman la desviación hacia el parque industrial de Nuevo Nogales rumbo a la zona de la Comaya (Comunidad Mayo-Yaqui) localizada al norponiente de la ciudad. El pavimento cede pronto a la terracería. Los vehículos se alinean y comienzan a internarse en un terreno que cambia de forma constante: tramos planos que de pronto se convierten en pendientes, curvas cerradas y piedra suelta.
En el trayecto, un grupo de buscadoras desciende brevemente para pegar fichas de búsqueda en los portones. Son gestos rápidos, casi mecánicos, pero constantes. La búsqueda también se sostiene en la mirada de otros.
Tenemos que trabajar con todos y todas... es vital la coordinación interinstitucional, dirá después Dante Noel Talavera, titular de la Comisión Estatal de Búsqueda, al explicar que la labor “tiene que ser inmediata” desde el primer momento.
La explanada de casquillos
La primera parada es una explanada abierta. El suelo está cubierto de casquillos percutidos. Hay decenas, quizá cientos, dispersos entre la tierra seca. Algunos brillan bajo el sol. Metros abajo hay una pequeña laguna hasta donde desciende un grupo reducido, acompañado por elementos de seguridad. El recorrido es breve. No hay hallazgos visibles. Regresan y el convoy continúa.
El camino se vuelve más exigente. Las piedras aumentan de tamaño, las pendientes obligan a reducir la velocidad. Algunos vehículos no logran avanzar más. Se quedan a la orilla. Sus ocupantes se distribuyen en las unidades que continúan. La caravana se hace más compacta, más lenta.
El pozo, siniestra quietud
La segunda parada es conocida como “el pozo”. Un crematorio improvisado localizado en 2024, donde detectaron los restos de al menos tres personas. La estructura, de cemento, permanece parcialmente expuesta. A un costado, una lápida y una cruz con la leyenda “Por el eterno descanso de las personas que perdieron la vida en este lugar” recuerdan lo ocurrido. El lugar se siente con siniestra quietud.
Ahí, Luz del Rayo López Carrillo toma una varilla metálica y la clava en la tierra. Explica el procedimiento con precisión, mientras observa el terreno. “Se mete la varilla... y dependiendo a lo que huele... si es a campo, a hierba o al olor propio de un cadáver... entonces empezamos a excavar”. Habla también de lo que no se ve: el viento que arrastra aromas, las corrientes subterráneas que los desplazan, las aves que se concentran en puntos específicos. “Aprendemos a identificar”, dice, como quien describe un conocimiento adquirido sin aula.
Su relato cambia de tono al hablar de su hijo, Dante Saúl, desaparecido en mayo de 2025. Su búsqueda no ha sido fácil. Cuenta cómo dejó su trabajo, cómo perdió su casa, cómo regresó a Nogales para seguir buscando. “Esto no nada más afecta directamente a la víctima... también a todo su entorno”. Aun así, reconoce la presencia institucional: “hemos sido acompañadas en todo momento... nunca nos han puesto en riesgo”.
El grupo realiza un recorrido breve con varillas y palas. No hay indicios. Se descarta el punto.
Crematorio en la montaña
La tercera parada es una zona montañosa. El terreno cambia de textura: grandes piedras que parecen acomodadas de forma natural, formando un paisaje de líneas irregulares. El ascenso y descenso exigen cuidado. Cada paso se mide. La belleza del lugar contrasta con lo que ocurrió ahí. Hace dos años, en ese mismo sitio, encontraron siete cráneos.
“Fue un día fatídico... mucho dolor, mucha impotencia”, recuerda Ramona Ayala, líder del colectivo. Señala el área donde estaban dispersos, describe cómo también localizaron cuerpos en un arroyo cercano. El sitio hoy no presenta señales recientes, pero permanece en la memoria del colectivo. “No paramos de buscar... porque los desaparecidos del año pasado no los hemos encontrado”, agrega.
El convoy continúa hacia zonas más altas. El camino se estrecha aún más. A los lados, caídas pronunciadas.
Represo, la lucha contra el agua
El siguiente punto es un represo, ubicado alrededor de 20 km al norponiente de la ciudad, en la zona montañosa. El agua, estancada, refleja el cielo con una capa opaca, verde y lamosa en la superficie. El lugar responde a un reporte anónimo. Como muchos otros. “El 95% es mentira... pero siempre vamos a descartar”, explica Ramona. La búsqueda comienza de inmediato.
Las buscadoras bajan con sus herramientas. La tierra es blanda en algunos puntos, lodosa en otros. Ramona observa la superficie del agua, detecta una capa de grasa, se remanga el pantalón y se instala en la orilla, con precaución de hundirse en el lodo. Comienza a lanzar palazos. El lodo se remueve, el agua se enturbia. Luz del Rayo hunde la varilla.
Un olor fuerte emerge por momentos e intensifica la excavación. Aparece un hueso. Lo revisan. Podría ser de animal. Aun así, continúan. Y más porque meses atrás encontraron en el sitio los restos de dos personas, como lo decía el reporte anónimo, el cual decía que hay más restos en el sitio.
La escena se amplía. La coordinadora de Protección Civil, Julia Ochoa, toma la pala y remueve el lodo y el agua. Un elemento de la Guardia Nacional se suma. Después, el titular de la Comisión Estatal de Búsqueda. La línea entre quienes buscan y quienes acompañan se diluye. Todos escarban. Todos observan.
El agua, sin embargo, se impone. El nivel impide seguir. El sitio queda pendiente. La búsqueda no termina; se pospone.
La pausa
Tiempo después, el ambiente cambia. Sobre la caja de un pick up, las buscadoras preparan aguachile y ceviche de camarón. Por un momento, la tensión cede. Hay risas, comentarios, bromas. La convivencia por un momento parece ponerle pausa a esa dura tarea de buscar a sus seres desaparecidos. Autoridades y buscadoras comparten el alimento.
Los minutos avanzan. Son las 3 de la tarde y queda menos tiempo de luz. El convoy inicia el regreso. Los vehículos avanzan lentamente por el mismo camino, ahora en sentido inverso.
Todo cambia; el hallazgo
Entonces, a unos metros, desde lo alto del camino, Ramona observa un montículo de piedras. Se detiene la unidad que abordaba y desciende. El acomodo no parece natural. Se acerca, retira algunas piedras y realiza el hallazgo de cenizas y entre ellas fragmentos pequeños, irregulares de restos óseos calcinados.
La reacción es inmediata. El colectivo y las autoridades ya la acompañan. Se colocan guantes. Comienzan a retirar cuidadosamente el material. Una vértebra aparece entre los fragmentos. La colocan en una bolsa azul junto con otros restos. El ambiente cambia de nuevo. El silencio se vuelve más pesado. Las sonrisas de hacía unos minutos que se veían en los rostros de las mujeres desaparecieron; ahora había llanto, congoja y hasta frustración.
Un hombre de edad avanzada a caballo llega al lugar. Observa. Dice que se trata de un becerro que él mismo quemó. Su explicación no es precisa. Cambia en los tiempos, en los detalles. Las buscadoras intercambian miradas. Desde su experiencia, dudan: la forma en que estaban acomodadas las piedras, la ausencia de huesos grandes, la textura de los fragmentos. Los oficiales le hacen más preguntas al vaquero y luego se retira.
Se da aviso a periciales. Las coordenadas se comparten, pero la distancia y el acceso dificultan la llegada inmediata, por lo que, siguiendo protocolos, resguardan los restos para que sean sometidos a un análisis forense y pueda determinarse su origen.
El hallazgo marca el cierre de la jornada. Pasadas las 4 de la tarde, el convoy regresa al estacionamiento del establecimiento comercial. El mismo punto de partida y la misma foto con la que comenzó.
Instituciones y colectivos se necesitan
En Sonora existen al menos 34 colectivos de búsqueda, no todos registrados, y cuatro de estos operan en Nogales. En lo que va del año se han realizado 182 jornadas. Cada una implica recorridos, descartes, hallazgos y pausas. También obstáculos: terrenos privados, permisos pendientes, caminos inaccesibles.
La búsqueda se sostiene en una relación que se ha ido construyendo entre colectivos y autoridades. Sin el acompañamiento institucional, sería difícil acceder a estas zonas y sin la insistencia de las familias y las pistas que reciben, muchas búsquedas no comenzarían.
Tenemos que actuar y encontrarlos... es una actividad muy dolorosa, pero llena de dignidad y esperanza, señala Dante Talavera.
Para las buscadoras, la definición es más sencilla: seguir pese a todo. Porque en medio de la tierra suelta, las piedras y los silencios, cada señal —por mínima que sea— puede ser la diferencia. Y en esa repetición, sábado tras sábado, la esperanza las mantiene de pie.
